NO VOY A QUEJARME AHORA
Dejaré mis quejas para las olas,
para más tarde,
para cuando tenga tiempo;
dejaré mis quejas para nunca
o para ahora mismo.
Brillará una estrella que no existe
y quizás el sol se quite el traje ámbar
se esconda en su ataúd
y dé paso a mi llanto inmóvil
a mi sufrimiento descansando en un olivo
para que definitivamente pueda quejarme
del ruido de los trenes detenidos en la estación,
del grito del aire comprimido en una botella,
de las sensaciones, del olor de la cereza,
de los aspavientos de la pedantería,
también del vaso de vino que jamás me sirvieron,
de las plumas que no escriben;
un poco quejarme de todo y de nada,
incluso de la ira de las palabras que no llegan a mis labios,
de la espuma de las olas, de un aullido
cualquiera entre la vida de la ciudad
que nunca duerme y jamás está despierta,
del eterno llanto del ciprés por la huida
prematura del muerto que resucita
antes de tiempo
y entre sombras
y caricias de la luna azul y miel
se pierde en el túnel del olvido,
de las guerras del futuro
que ya han matado a muchos hombres,
incluso del cigarrillo invisible
que me quema los dedos dormidos en los huesos;
quiero quejarme de tantos entuertos
que mi voz ha enmudecido
y los látigos de mis frases golpean al vacío
que se desliza silencioso en el infierno
de penas señaladas con el dedo
de los hombres que se tachan a sí mismos de perfectos;
quiero quejarme un poco antes de callar
las miserias que atraviesan veloces por los campos
de mi cuerpo regado de cuando en cuando
por el plomo de las balas
o el regalo radiactivo de las bombas nucleares
salidas de cerebrales vísceras
de genocidas anónimos que comen su trigo y su pasado
sobre la tierra quemada de cualquier rincón del mundo,
del tañido de las campanas
repicando a difunto
cuando una flor nueva ha nacido en otro valle,
de los ecos de los gritos de los muertos
que nos llaman y nos buscan
ciegos por la luz de los morteros,
del beso lascivo que da la envidia a la ternura,
de las guitarras que se quiebran
sin tocar la oda que salvará a mi pueblo,
del aullido del carbón antes de engullir
en su vientre enlutado y tenebroso
el último minero que atraviesa el corazón de la tierra
con su pesada barrena,
del correr del tiempo
mientras yo, todos, nos quedamos dormidos,
del incesante tecleo de mi máquina de escribir
sin papel en el carro y sin dedos en mis manos,
de las chimeneas de las fábricas
que han dejado de echar humo
porque todos sus operarios han muerto en otras poluciones,
de las banderas sin colores
que se mecen con el huracán de la sangre de otros tiempos,
de los sables rotos después de atravesar el último pecho
y de la última pistola sin disparar;
quisiera poder quejarme de la vida y de la muerte también,
pero me ahogo, me convierto en luna, me veo
pendiendo de un árbol como el último higo
antes de talar la higuera:
con miedo
a morir sin ser devorado;
mis quejas no son para mí sino para mi pueblo
que duerme mientras yo los miro.
Por eso es que me lamento tanto
del oportunismo y de la apatía,
me quejo del cocodrilo con dientes de oro
y del payaso con la máscara de Hitler
en un circo,
de la música salida de un concierto de pulgas huérfanas
y de la gaviota que se ha quewdado sin mar,
de no haberme puesto el sombrero al levantarme
y de no haberme lavado la cara olvidada en otro estanque
del cadáver sin enterrar
y de la cama ya caliente de otro amante,
también del beso que se da en las despedidas
y del otro beso de puñal que se ofrece sonriendo al enemigo;
pero, amigos, no me hagan caso,
las quejas sólo son de locos y poetas…
dejaré entonces mis lamentos
para otros muertos
y mis besos para los labios que aún silban
en las copas de los árboles.
Ahora no me quejo
porque no tengo tiempo,
quiero descansar mi cuerpo
en el lecho de otra tierra
que todavía no ha sido descubierta.
NOTA.- Este poema pertenece al libro “Piel adento me conozco”, editado en Toronto, Canadá, en el año 1984.